Tratamientos de fertilidad: ¿por qué no me lo ha dicho antes?

Por Dr. Raúl Olivares

Esta es una de las preguntas que los especialistas en reproducción más tememos. Pero desgraciadamente esta pregunta se nos hace demasiado frecuentemente. La esterilidad tiene un gran problema, puede llevar tiempo llegar a su diagnóstico y a veces sólo obtienes el diagnóstico tras haber realizado varios tratamientos que te permitan obtener suficiente información para saber qué es lo que está fallando. En muchas ocasiones se va contra reloj, muchas parejas han agotado su tiempo o simplemente han decidido que quieren un hijo…ya!

Además, hay algunas pruebas diagnósticas que sólo pueden hacerse en un momento determinado del ciclo, lo que puede hacer inevitable la espera para la paciente.

Nuestra responsabilidad como especialistas es recomendar las pruebas que nos vayan a proporcionar información útil y evitar aquellas innecesarias (y muchas veces caras).

Todas estas recomendaciones se deber realizar en consonancia con el principio médico de “lo más común es lo más frecuente”. Las pruebas que se solicitadan inicialmente son bien conocidas por la mayor parte de pacientes (análisis hormonales, ecografía, seminograma y pruebas para comprobar la permeabilidad tubárica). Si tienes “suerte” una de estas pruebas será anormal y con ello se habrá llegado al diagnóstico de esterilidad y al tratamiento indicado para solucionarlo. Pero, ¿qué ocurre si todas las pruebas son normales? Entonces estamos ante una esterilidad de origen desconocido y debemos decidir si es el momento de iniciar un tratamiento o bien investigar algo más.

Obviamente la decisión tiene que basarse en la propia experiencia profesional y en las probabilidades de obtener información útil para la pareja. Por ejemplo, ¿debemos recomendar alguna prueba para diagnosticar un factor genético si el seminograma es normal? Existe evidencia de que un seminograma normal puede tener errores meióticos, pero las posibilidades son menores al 1%; por lo que mejor no decirle al varón que le vas a realizar una pequeña biopsia en su testículo en la primera visita a no ser que sea absolutamente necesario. Otro caso bien diferente es aquel en el que después de 2 ciclos de FIV fallidos en los que todo ha sido normal (calidad del óvulo, tasa de fecundación, calidad embrionaria…) las posibilidades de tener una anomalía genética en el semen del varón ascienden hasta el 40%. Es entonces cuando vale la pena recomendar la prueba y los pacientes nos preguntarán ¿por qué no me lo ha dicho antes?

Los pacientes habrán gastado tiempo y dinero solamente para llegar a una nueva prueba diagnóstica (en este punto me gustaría comentar que a veces el ciclo de FIV en sí mismo puede considerarse una test diagnóstico. Nos proporciona información sobre la calidad de los óvulos, las tasas de fecundación y las calidad de los embriones. Hay veces en las que no tenemos otra forma de obtener esta información. En un buen número de casos, afortunadamente, la FIV será efectiva y obtendremos embarazo).

Con todo ello, ¿cómo podemos evitar estas situaciones? Es fácil, dedicando tiempo para hablar con los pacientes de las diferentes opciones, incluso de aquellas que creas que en el momento no sean necesarias. Informar. Explicar que existen otras pruebas que se pueden realizar pero que no están indicadas en este momento. Esta inversión de tiempo puede ayudar a evitar la pérdida de confianza de los pacientes. Si proporcionas a la pareja una hoja de ruta sobre el viaje que van a realizar, se sentirán plenamente informados y luego cuando más tarde se les recomienden pruebas necesarias, ellos ya estarán sobre aviso y esta posibilidad no les va a suponer ningún conflicto.

Creo que existen dos posiciones diferentes en relación a lo que los pacientes esperan del médico. Algunos especialistas piensan que los pacientes quieren que decidan cualquier aspecto del tratamiento porque son los expertos. Nosotros pertenecemos al otro extremo. Afortunadamente el número de especialistas que proporcionan suficiente información a los pacientes compartiendo las decisiones de qué hacer y cuándo hacerlo, va en aumento. Y créanme, si pertenece a este grupo, si dedica tiempo a sus pacientes para que entiendan los porqués de sus decisiones, tendrá que contestar en rarísimas ocasiones la “misma pregunta”. 

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